Todos llevamos un Lord Henry en nuestro natural. La vida es demasiado tediosa como para negarlo. Tediosa y brutal. Palmoteamos como moscas el dolor cuando se vuelve horriblemente insoportable, le decimos: “No sé, no me consta, ya veremos” y nos replegamos en nuestras banalidades cotidianas, porque ¿cómo se atreve a mermar esta cápsula de beatitud falsaria e indolente? ¡Dios, que atrocidades pueden sobrevenirnos! Pero si hay algo que exacerbe esta realidad es el dolor ajeno. -Perdone, soy un infeliz desdichado, solidarícese un tantico ande-. Todos esos dramas ordinarios y anónimos, cargantes y aburridos, como si de una costumbre doméstica se tratara, pasan a ser sacudidos de la memoria, testigo capcioso, una simple lavativa moral, soltar lastre como dice eufemísticamente el vulgo. Ya lo entiendo, un mecanismo de inmunización social, rearguye ahora el sociólogo con la subvención colgada de la solapa. Jajaja –lanza como argumento decisivo- matemática pura, chico. A veces me pregunto en pleno trance que se esconde tras esa rocambolesca idea de función social. ¿No tendrá algo que ver con aquello del mismo perro con distinto collar? Parece que al fin y al cabo desde los tiempos de Lord Henry las cosas no han cambiado demasiado, más bien se han recrudecido. Pero es inútil pretender una reprobación moral, hoy en día la moral se reduce a una casilla en la declaración de la renta, pero sí en cambio es lícito desear con todas las fuerzas que el día que contemplen su propio retrato de Dorian Gray un estremecimiento kafkiano les recorra todo el cuerpo, hasta la médula.
sábado, septiembre 23, 2006
martes, septiembre 19, 2006
Un runrun se hacía notar en aquella mañana fría y opresora, un frío moral despuntaba descuajeringando mis miembros y mi pensamiento. Veinte años, como quien dice, veinte años aterido, hiel y cenizas, y en esa alborada creía sufrir un estremecimiento inopinado no siniestro, ni desgarrado, ni ensañado; tautológico. Era un estribillo latente, costras incrustadas en el tiempo en adherencias superpuestas, asimiladas a su objeto. No era pues una erupción accidental, una coyuntura o eventualidad era, ya digo, el sonsonete que se hacía notar en su contundente despliegue sensorial desde la noche de los tiempos, sobre mi espalda, mi negra espalda del tiempo que acarrea mi dolor y tu dolor, un dolor plural y mancomunado.
Contravenenos, sedantes, vacunas… palabras contraseña, ideario en este valle de lágrimas para vadearnos, minúscula lumbre en un océano de sombras, una postulación abiótica para ir tirando, como se dice vulgarmente pero con un significación siempre muy gráfica, ir tirando, arrastrando, acarreando…
Un runrún, un rumor, un soplo en el alma. En nuestra lengua se dice que levanta el vuelo aquel que emana fantasía o sueños, quien concibe lo irreal como quien lleva los pulmones llenos y precisa expulsar el aire contenido a despecho del circuito respiratorio.
Aquella mañana, ya digo, en que sufrí el azote frígido que creía inopinado pero que no era sino tautológico, que creía superficial pero que era en realidad un grumo coagulado, sabía que el leit motiv metereológico volvería a azotarme, aquella mañana veinteañera y todas hasta el último de los días, pero aún así respiré, respiré y di a aquella existencia precaria su última conquista metafórica; levanté el vuelo…tirando.
Contravenenos, sedantes, vacunas… palabras contraseña, ideario en este valle de lágrimas para vadearnos, minúscula lumbre en un océano de sombras, una postulación abiótica para ir tirando, como se dice vulgarmente pero con un significación siempre muy gráfica, ir tirando, arrastrando, acarreando…
Un runrún, un rumor, un soplo en el alma. En nuestra lengua se dice que levanta el vuelo aquel que emana fantasía o sueños, quien concibe lo irreal como quien lleva los pulmones llenos y precisa expulsar el aire contenido a despecho del circuito respiratorio.
Aquella mañana, ya digo, en que sufrí el azote frígido que creía inopinado pero que no era sino tautológico, que creía superficial pero que era en realidad un grumo coagulado, sabía que el leit motiv metereológico volvería a azotarme, aquella mañana veinteañera y todas hasta el último de los días, pero aún así respiré, respiré y di a aquella existencia precaria su última conquista metafórica; levanté el vuelo…tirando.
domingo, septiembre 10, 2006
Bien, aquí estoy al fin –suspiró-. No recuerdo absolutamente nada, la amnesia me roe el cerebro. Esta llaga –señalando la herida-. Supurando… Soy un despojo de mi mismo, el agarrotamiento me vence… Necesito compadecerme, eclipsarme moralmente, pero ni mis lágrimas responden… Siento un ronroneo, un rumor, puede que venga de allí, o de allí más allá, quizás sean los acordes de una melodía fúnebre, el treno con sus exequias… ¡Válgame Dios! Quién soy, me tiento, me palpo, reconozco mis facciones, el trazo de mi figura y sin embargo me siento alienado, sublimado, trato de dar un sostén ontológico a mis palabras que despuntan inertes y como carentes de identidad… No puede ser, no puedo haber consumido mi propia metáfora, me reflejo a mi mismo y mi imagen sólo me sugiere una catalogación biológica, ¿Qué es esto? -en este punto se recoge y hace ademán de incorporarse-. Sigo consciente, ¿Por qué? Siento el peso de una carga vital sobre mis hombros pero, ¿Por qué estoy pechando con ella? ¿De qué cargos respondo? Es todo tan confuso e impersonal, tan abstracto… -se yergue definitivamente y se acerca a un pedrisco próximo-. Como si un Dios veleidoso hubiera profanado una mansedumbre semoviente -roza una piedra y la manosea-. Y desaprensivamente le hubiera desojado de cuajo –arranca una piedra a pulso- su quietud virginal y dolosamente hubiera lanzado –tira la piedra con fuerza- su ajenidad a un arroyo caudaloso y despiadado. -al fondo la corriente acuosa prolonga su murmullo y un laberinto de cauces la atraviesa dilatando su espesor-.
sábado, septiembre 09, 2006
"Sentada en el borde de la cama, me extendió una capa de miel de jazmín por todo el estoque, desde la punta hasta la empuñadura. Parecía fascinada po su brillo dorado y, en un arrebato de deseo, probo el pastel. ¡La querida señorita Quinlan! Se lo tragó entero y yo lo sentí entrar y salir, el pastel, los huevos de Pascua, el corazón, los pulmones, el cerebro, un banquete para una reina ya madurita, y cuando pasó el hechizo se quedó de espaldas a la cama, jadeando con ansia, y yo me desplome en una silla. Se lo había comido todo y me había dejado sin nada para corresponderla"
