miércoles, noviembre 08, 2006

María en el metro (I)

María se hacía llamar López de primer apellido y Barril de segundo, no le gustaban las simetrías urbanísticas y en los ratos en que no se creía observaba tatareaba una vieja canción al compás de un imperceptible contoneo de su cuerpo. Un día María se encontraba sentada frente a un cartel publicitario, digamos que sobre un banco en la lobreguez subterránea del metro, alzaba la mirada alternativamente sobre los diferentes usuarios circunstantes según la atracción que inducían a sus ojos, bajo un criterio laxo y arbitrario, mientras aguardaba la arribada del siguiente convoy. Tenía una mano posada una sobre la otra, la punta del pie derecho inestablemente apoyada sobre el suelo, como sopesándolo, y de su carrillo derecho emanaba un ribete de color indefinible, todo insertado en un trazo de conjunto plenamente inmotivado, cuya falta de expresividad alcanzaba proporciones angustiosas. María al penetrar en el pórtico de la estación había recorrido con su mirada, en una ráfaga inquisitiva, las ondulaciones escenográficas representadas por las aglomeraciones humanas desparramadas, luego entregó sus ojos a inspeccionar el espacio del banco mate que escogería para tomar asiento y sin dejar de mostrar cierto escrúpulo ajustó su cuerpo sobre el asiento. Ella era de Barcelona, aunque había residido toda su vida en un municipio de la periferia, y su conocimiento de la ciudad era más bien parco. Su D.N.I. le atribuía una edad de veinte años, un padre y una madre cuyos nombres respondían a una nomenclatura prescindible, y su lugar de nacimiento y lugar de residencia, que precisamente en ese momento se entretenía en repasar, señalando con el dedo índice su retrato dos años más joven, cuando efectúo la última renovación de su carné de identidad. La gente hormigueaba a su alrededor, hirviendo sobre sus opacidades rectilíneas, inmersos en sus fríos e impersonales destinos, algunos saltando sus ojos sobre periódicos gratuitos abiertos por una página al azar, otros apresurándose en tomar posiciones ya para subir al tren. Hacía ya unos instantes en que por fin había dejado reposar el pie derecho en su posición convencional, descansando ambos pies en junto, en una estampa típica de la mujer cuando se sienta, apretando los muslos uno junto al otro, estrechando una pierna a la otra, custodiando, quién sabe, por un instinto femenino ancestral un caro tesoro. El cartel publicitario de la pared opuesta que mostraba un mensaje del Ministerio de Sanidad alertaba al contribuyente que tropezaba con él sobre un uso indebido de los antibióticos para la salud.