La naturaleza, conforme nos conmueve y deleita y arroja sus aromas vegetales y sus cromatismos multicolores, se erige en madre protectora y a la vez en seductora doncella como resumen esencial de la vida humana. Por eso no es extraño que yo en el éxtasis amoroso haya vinculado la imagen deseada no con un pensamiento carnal sino con el rostro opalino de una mar hervorosa en su inmensidad vidriada. Pensamientos, ambos, que se confunden y entrelazan de tal manera que la mujer, en sus atributos más puros, en sus propiedades más auténticas, en aquello que expresa la desnudez rosada de un cuerpo virginal y primitivo, ve convertirse en un mapa floral donde unos pétalos asoman como custodios sacerdotales de un tesoro que sobre una llanura coronada divisa una cumbre de fertilidad que recibe el nombre de monte de venus. Y yo, en este punto de sensualidad, clamo a los cielos por que acudiendo en auxilio de mi llamada de socorro, la providencia considere este cuerpo y este alma roída por la materia y que consignando las lágrimas de mis ojos tolere que la balanza de mi existencia se incline a favor de una condición femenina para mi deambular por este mundo, en el cual todo lo malo siempre tiene la marca de los hombres.
viernes, mayo 25, 2007
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