A veces disfruto contemplando los hierbales que asoman en las escarpaduras de los montes, con mi ojos enrojecidos por la polución y el cansancio, y que en un tapiz verdoso de rocío escampado se extienden sobre la sensualidad de su ensenada orografía, sobretodo cuando en el entretiempo los caprichos de la meteorología la envuelven en una atmósfera de misterios primaverales y fulgores de malva. Estas panorámicas bucólicas incitan en mi corazón el recogimiento ecológico, en un alma turbada por los adobes urbanos y la ramplonería humana, y siempre voy al encuentro deliberado de este contraste ambiental en una huida al silencio y la soledad del campo y los llanos, con esa aleación de aromas puros y vivificantes con el ronroneo de un ramaje a la brisa o la melodía cantora de la aves. En realidad, mi destierro de la naturaleza no me impide sentir la soledad del que, alejado del claustro materno natural, suspira por el retorno a los brazos de su bienhechora y no deja de sentir tristeza por cada aliento consumado fuera del hogar materno. Aturdido por el fragor mundanal, no pierdo la ocasión de acercarme a un arroyo que borbotea sobre la vegetación ribereña su fuente acuosa de azogues minerales, y hincado de rodillas acaricio mi rostro proyectado en el lecho moviente mientras mis pies se humedecen dulcemente por el agua extraviada, y así de pronto mis ojos observan el reflejo de mi rostro deformado en un caleidoscopio azulino que me hace pensar en todas las verdades no dichas ni escritas en la vida. El camino de vuelta se hace demasiado largo y estrecho, y la melancolía se exacerba como un hematoma que se extiende a despecho de la desmemoria, y el peregrino se aprieta el pecho en un desgarro sordo y profundo que socava lo más hondo de su existencia y la angustia aflora en la garganta cada vez que se lamenta por la juventud de sus días.
viernes, marzo 16, 2007
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