miércoles, mayo 31, 2006

Y toda esa garduña que me salteó en la cresta de mis truculencias, para caer despedida en tremedales materialistas y moralizantes, sin freno y sin mesura. Un estado de cosas inaprensible, que descansa en el sedimento de una fiebre sorda y morbosa y movida por una diputación providencial, para hacer resonar las sienes vívidas en un rostro pálido, bajo el escurrimiento del moho seminal. Ahora se deslizan ronquidos nigérrimos de voces quebradas por un malestar innominado, de articulaciones pleonásticas huidas de fragores oficiosos en un escape que se hace carne en boqueadas deprecativas. No cabe preguntarse por nuestra pululación fiduciaria al tiempo de sorprender nuestra criatura sangrando, esgrimir la tautología en el desgarramiento telúrico sólo agrava nuestra delectación morosa en el existencialismo disforme, conquista única e imperecedera del orbe. Tras el rendimiento de estas verdades un hombre se remolca a esos infinitos deslavados y amorfos que es la vida, se adminicula el contraveneno de suyo y sin ton ni son le busca un sentido a una lógica borrosa que escarba en los intestinos de su cabeza.

lunes, mayo 01, 2006

Según se espolvoreaba una cortina de polvo renovada sacudió su empeño. No era un hombre al uso, y pese a que comprendía los mecanismos contemporáneos inhaló dolosamente aquellos vapores polvorosos –A despecho de la retórica historicista- se dijo. Para un metafísico como él, aquel acto revestía una profunda carga simbólica que ni él mismo sospechaba, y seguramente por eso retuvo con arrobo aquella masa de gas en sus pulmones mientras se persignaba en una suerte de voto laico a una divinidad polvorienta. Recuperado del acceso sacrificial echó una vista en torno para desgajarse de sí mismo, sin ánimo antropológico, tan sólo respondía al insaciable apetito necrofílico de un Atlas moral volteriano en calidad de interino. Y al fin, en la manigua delicuescente, el hombre de marras vio el camino expedito para encender la antorcha de la superstición martirial, acaudillando la cruzada pulverulenta del nominalismo confitado, en donde la sacralización del estertor se transfigura en un apocalíptico Consumatum est.