Mi habitación no tiene chapados de cobre en los rebajos, ni forrados de terciopelos de almohadones, ni siquiera una pintura decorativa de aire posmoderno sobre un marco de ébano barato. En mi habitación, al penetrar en ella por primera vez el infausto visitante siente una mezcla de repugnancia y conmiseración, algo así como una asquerosidad que adquiere conciencia de su propio calado, y al instante un impulso casi instintivo le lleva a taparse la boca con la mano. Tras esa operación, si el asco no se lo ha llevado con él, el visitante se acerca estremecido a lo que parece ser una protuberancia humana que desparramada yace sobre un roído colchón, y aguantando la respiración cuando se dispone a realizar una primera inspección ocular sobre el susodicho éste sin previo aviso le devuelve un fétido olor a modo de introducción al resto del cuerpo. Ese bulto, y permítanme que me presente, soy yo. Y no, no se trata de juego literario de tipo kafkiano. Es, ni más ni menos, mi carta de presentación ante el mundo.
domingo, febrero 25, 2007
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