domingo, septiembre 10, 2006

Bien, aquí estoy al fin –suspiró-. No recuerdo absolutamente nada, la amnesia me roe el cerebro. Esta llaga –señalando la herida-. Supurando… Soy un despojo de mi mismo, el agarrotamiento me vence… Necesito compadecerme, eclipsarme moralmente, pero ni mis lágrimas responden… Siento un ronroneo, un rumor, puede que venga de allí, o de allí más allá, quizás sean los acordes de una melodía fúnebre, el treno con sus exequias… ¡Válgame Dios! Quién soy, me tiento, me palpo, reconozco mis facciones, el trazo de mi figura y sin embargo me siento alienado, sublimado, trato de dar un sostén ontológico a mis palabras que despuntan inertes y como carentes de identidad… No puede ser, no puedo haber consumido mi propia metáfora, me reflejo a mi mismo y mi imagen sólo me sugiere una catalogación biológica, ¿Qué es esto? -en este punto se recoge y hace ademán de incorporarse-. Sigo consciente, ¿Por qué? Siento el peso de una carga vital sobre mis hombros pero, ¿Por qué estoy pechando con ella? ¿De qué cargos respondo? Es todo tan confuso e impersonal, tan abstracto… -se yergue definitivamente y se acerca a un pedrisco próximo-. Como si un Dios veleidoso hubiera profanado una mansedumbre semoviente -roza una piedra y la manosea-. Y desaprensivamente le hubiera desojado de cuajo –arranca una piedra a pulso- su quietud virginal y dolosamente hubiera lanzado –tira la piedra con fuerza- su ajenidad a un arroyo caudaloso y despiadado. -al fondo la corriente acuosa prolonga su murmullo y un laberinto de cauces la atraviesa dilatando su espesor-.