lunes, julio 17, 2006

Son las 12:55. No consigo conciliar ni los nudillos de los dedos. A guisa de relato autobiográfico abro este testimonio de mi antológico insomnio; tal es mi malignidad. Siquiera contemplara sombras tras mi espalda, puertas que se entornas por si mismas, voces ultraterrenas que anuncian mi futura castración, pero nada, ni eso se me ofrece. A decir verdad esas imágenes tanto las deseo y he soñado con ellas que sería más bien un reencuentro que sorpresa trasnochadora, quiero decir que uno que está leído no es ayuno en estas lides; hoy mismo me he penetrado un tantico de ello. No soy un apasionado de las nóminas pero haré una excepción, Noches lúgubres de Cadalso, un hombre que se las gastaba de integérrimo y que de hecho lo era, pero chasqueaba como todos los de su cuerda, chasqueaba al punto quería trasladar una impresión dogmática a la dulzura de sus obras y las prendas que atesoraba, cual Galdós, estotro, etc. Aunque no por consabido deja de ser relevante, en esta obrita de que hablo he intuido, dentro de mi oceánica ignorancia, una liga que lo emparienta doctrinalmente con Cioran, el pesimista que decía atropelladamente Sontag. La cronología aquí no es un escollo, todo lo contrario, el flujo de versiones sobre eso que llamamos vida aquí encuentra toda su diamantina planta, así sobre el chorro literario de la prosa de Cadalso como la lucidez pasmosa de Cioran, que no son más que expresión de una misma voz de entereza moral ante la existencia, en ese apóstrofe de la muerte que tanto nos conmueve. A Cadalso quizás no lo entendamos en todas sus aristas y pliegues sobre pliegues, pensamos, y parecido regusto nos desprende la llameante revelación de Cioran, al uno por esteta y al otro por recóndito, y entendemos que es seguramente esa la condición irrecusable para comprender las poderosas certidumbres de su pensamiento. Es curioso, pero observando su biografía me atrevería a vislumbrar un vitalismo en ellos que se nos escapa al resto, y yo me digo que quizás sea ese el precio de la lucidez que pagaron estos hombres en sus vidas, emanando de su laboreo en el mundo los contravenenos necesarios para no abismarse en esos sepulcros que ellos como precursores en la tierra acechaban en cada palmo de ese osario que es todo esto.