domingo, junio 04, 2006



Uno, tronado del tiempo, y de savia inveterada, pone en cuarentena que “el contorno forma parte de la palabra esencialmente”. He dado de bruces con estas instantáneas y al canto no dejaba de poner mientes en dos puntos: la capucha y la yesca. Ahora mismo contemplo esas dos efigies encapuchadas y no veo más que un universo referencial dominado por la carbonización antropológica del ser humano, donde se troquela la calcinación en expresión pública impersonal, donde la impunidad del pirómano se apuntala en la legitimidad del abrasamiento a título colectivo que guía a las capuchas en sus correrías. No puedo hablar, no puedo escribir; me falta la yesca y las cerillas, y lo peor, tengo el rostro marcado. Y toda esa fatiga de la cultura, las construcciones simbólicas, del lenguaje y la semiótica cuando una capucha y la yesca, tan primarias, cifran en si mismas el sanctasanctórum de las esencias, dan cuerpo a la monetización de la chamusquina como moneda corriente de las relaciones interpersonales y ahora un texto no se tasa en palabras sino en su grado de combustión. Los hermeneutas han tropezado una y otra vez en el camino cuando han tratado de racionalizar las brasas invocando a pretendidas destilaciones sociológicas ¡Química pura! No me imagino otra forma de desentrañar estas verbenas que no sea a través de los teoremas que de antiguo explican en la ciencia el comportamiento de la materia orgánica en contacto con material incandescente o, en defecto de ello, ¡qué mejor que un fallero para ilustrarnos! Así que, si hoy, estas capuchas, han llegado a las puertas de la universidad, ¿que les falta para montar su particular festival en una pira en mis propias barbas? Quizás en el futuro se acuñe el concepto de libertad ignífuga, porque hoy son los diarios gratuitos, pero mañana… Mañana habrá amanecido “el contorno ahumado” para quienes buscamos las palabras y no la yesca para prenderlas.