lunes, mayo 01, 2006

Según se espolvoreaba una cortina de polvo renovada sacudió su empeño. No era un hombre al uso, y pese a que comprendía los mecanismos contemporáneos inhaló dolosamente aquellos vapores polvorosos –A despecho de la retórica historicista- se dijo. Para un metafísico como él, aquel acto revestía una profunda carga simbólica que ni él mismo sospechaba, y seguramente por eso retuvo con arrobo aquella masa de gas en sus pulmones mientras se persignaba en una suerte de voto laico a una divinidad polvorienta. Recuperado del acceso sacrificial echó una vista en torno para desgajarse de sí mismo, sin ánimo antropológico, tan sólo respondía al insaciable apetito necrofílico de un Atlas moral volteriano en calidad de interino. Y al fin, en la manigua delicuescente, el hombre de marras vio el camino expedito para encender la antorcha de la superstición martirial, acaudillando la cruzada pulverulenta del nominalismo confitado, en donde la sacralización del estertor se transfigura en un apocalíptico Consumatum est.