viernes, marzo 31, 2006

Tengo una niña colgada de la pared. Es prieta y no habla mi idioma pero da igual. Siempre que me acerco a su sombra me descalzo el pie izquierdo y la manoseo despiadadamente, con espanto, y después me despido corriendo salvajemente hacia ninguna parte. Es en esa operación cuando comprendo que he renunciado a las definiciones y he puesto en el tapete formas gástricas como deferencia fiduciaria, pero pese a ello cargo con una niña negra a cuestas que estalla inquisitorialmente con preguntas mil y se blanquea cuando atravieso mi uña por su ojo. Ayer maté a la niña pero de nuevo se ha restituido en mis brazos, es una venus vestida con mi orina y ahora se pasea risueña en no sé que vertederos, pero esta vez gastaré mayor eficacia homicida y la aplastaré, pétreo ante la tipicidad penal que ve su amor filial, ser mi hija, ser su padre. Tengo una hija primaveral que me ha dejado jugar con sus juguetes pero de pasada me ha confesado que ella no es mi hija y yo no soy su padre pero que si quería podía ser mi madre y yo su hijo de pega, bajo la condición de que me empolvara los pies con cal y adoptara un hijo muerto. Al acabar su alocución la degollé, a mi hija, y encaramé su cráneo sanguinolento sobre la pared, muda, tras lo cual con un movimiento mecánico me descalcé el pie izquierdo y se lo acerqué a la faz, quizás creyendo que así me convencería de cómo muere un hijo, o una madre.