Yo no puedo escribir de mi mano. Alcanzo las letras en forcejo, escurriendo en mi memoria todo dictado, para que desfilen una tras otra discrepantes. Puede ser que me niegue a mi mismo, pero ni por esas, que la inmolación no es en mí un sacrificio sino hartazgo. Y un estilo aquí o acullá, que la medianía me consume, el paladear el tiempo, y finalmente se aburre y me escupe como penitencia de escombros. Es esta linealidad insufrible, la fiebre rítmica, el cretinismo compositivo, la gramaticalidad subversiva, y todo en junto, y por qué no decirlo, la ritualidad clasicista, y expirando, el remate del rendimiento; la cola de caballo. Porque ahora es un hallarse en el despeñadero de la fe, precípite en el cadalso de lo artístico, en el pórtico de la transubstanciación. Que Themis sentencie. Y no podemos continuar leyendo tan subida literatura, que es un martillear silencioso pero furioso, como un abrasamiento de letras en los ojos, mientras se produce el lento deliberar si somos letra o somos mano. Un libro es una invitacion a escribir, quiérase o no, y somos nosotros a lo largo de la praxis de la culturización los que damos cabida al envite. Es el ascetismo del arte, el noviciado de la humanización, la aprehensión del yo. Por eso en esta conversión individualista hablamos del cisma social, porque el germen del refinamiento artístico es un código ético, es una moral gnoseológica, tatuado en la psique del sujeto. Entonces éste se quiebra de letras y manos cuando ve el mundo por la manos y es infundido de letras, porque a la sazón es cuando empieza a leer un libro del revés y se le llagan unas manos que quisiera que fueran la retina del universo plenario.

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