martes, marzo 21, 2006

Un golosinear la zoología aprieta a nuestros coetáneos. Pareciera como si la entomología se hubiese impuesto a los hombres en un intercambio de parejas contra natura. La genealogía humana responde recalcitrante a su desposorio con los invertebrados. No sabemos cuál es el seno de esto, si lo hay, pero lo que sí alcanzamos a vislumbrar son las resultas homeopáticas de su prospección cultural. Esta bastardía a nativitate del linaje antropológico sólo cabe vincularla a la quemazón incestuosa y al bestialismo intrínseco de unos inánimes desfigurados que cargan toda su compunción positivista en ansiolíticos memorialescos. De esta dialéctica semiótica entre la cabra y el hombre ha subyacido el hipogrifo que nítidamente reconocemos en nuestros rostros, lo cual nos anuncia el amanecer de los sapos Bufonidae y las ranas Rhinoderma como nueva élite del pensamiento moderno. A esto cabe añadir que la nueva generación de hombres-larva que corretean descuajeringados entre cátedras y coños de amazonas desaseadas ha mamado del racionalismo coleóptero que como todo el mundo sabe proclama el Escarabajo saprófago como suma y única verdad del universo. Aún no sabemos que nos deparará un régimen de elasmobranquios escualiformos donde se rinda culto a la boñiga elefantina y se practique la escatofagia doctoral como canon pedagógico pero yo mientras tanto me apresuro a firmar esta esquela con la pezuña por si las moscas.