sábado, marzo 25, 2006

Tenía previsto conocer una chica, deslizar mi brazo por su cintura, trabar los dedos de mi mano con los suyos y hurtarle unas redundantes bragas. Camino brincando mientras paseo mi placenta en la mano, chorreando de sangre, salpicando los rostros de duendes con arenilla en los ojos, porque se la acabo de arrancar a la chica que ahora se abisma y se golpea el pecho y se pregunta dónde están sus bragas mientras se pega un manguerazo en el coño. He comprendido el encadenamiento causal situacional a la vez que me atiborraba de placenta y entreveía a la mujer-puta tras ello, que aprovechaba para embadurnarse ante mi cara de heces y del fango de sus pies purulentos. En ese instante no he podido evitar lanzar una mirada a la protuberancia bautismal que me asomaba caliginosa y sátira, recibiéndome con el Verbo Divino grabado en su costra, que más parecía una vagina leprosa y mórbida, y me ha dado un beso cenizoso confiándome toda ella. Ahora devuelvo la mirada a la puta que me observa apremiante, torva, blandiendo alborozada sus pezones descosidos, pero ella ha visto como me he puesto las bragas y me las he follado, delante de sus ojos, frente a su coño fecal.