viernes, junio 16, 2006

Hogaño hemos contemplado espantosas escenas de devastadora factura, y no siempre se han sorbido los avatares de la sangre en el moho del silencio. En prenda de ello deposito en el redil de los tiempos lo vivo de mí y hago que tremolo mis huesos al viento, para transmitir así mayor calado pleonástico a un fondo de casquería. Orillando ahora este ofrecimiento sacrificial, estoy en disposición de enrolarme en las filas de la milicia hampesca para hacer ver al planeta la perennidad de mi programa, proyectándolo sobre el atufado n+1 de numérica autoconciencia. Lo que quiero decir con ello es que puedo lanzarme a mansalva sobre la tragedia de la historia que reputo sin ápice de arrebato alegórico ni tan siquiera comercial. Pues recogiendo lo antedicho ahora me sé nadando en fragmentaciones iconográficas del dolor que se alzan con furia en tempestades seculares. Y ese centelleo proclama ese subjetivismo dispositivo que no renuncia ni siquiera a la muerte anticipada de la sensibilidad, en una suerte de sepultura sobre el sepulturero que babea con codicia la descomposición del muerto bajo las lombrices del mundo. Para así callar al fin, o principiar a hablar.