martes, agosto 08, 2006

Las vacaciones, esa llaga nominalista que intoxica el pensamiento postmoderno. Cuando la subordinación económica se convierte en canon social y el rendimiento se reviste de libre albedrío en la futilidad. La voluntad del hombre elevada a categoría mercantil, la superchería velada entre tumbonas y chiringuitos destartalados, el yugo jamás asumido más dócilmente, y luego la podredumbre silenciosa, esa, reserva de la dignidad humana. Viene el desheredado y me escupe su miseria, ¡Sublime canto a la integridad en esta mañana de decrepitud!, camina atropelladamente pero la cadencia de su andar esconde la sabiduría de un oráculo, y en un lapso de su diálogo con las letrinas me suelta: “Yo, grrrps (carraspeando), yo, con estas callosas manos que observas con esos ojos he empuñado mucha mierda y poco oro, y con esta barba bronca y mi cabellera intonsa y pegajosa he hospedado a ejércitos de piojos que a lo largo de mi larga vida se han dejado caer por ellas, con lo que mozo en resumen, te quiero decir que ello da sobradas muestras de mi teoría, a saber; en este mundo, y no lo olvides, quien se arrima al tufo que más apesta gana, y a tenor de lo que ves debo de estar en racha, jajaja, grsrrrs (carraspeo prolongado)”. Voy de la cama al baño, del baño a la cama, entre jadeos de dolor y folletos de viajes, y me visto de traje de luto porque no me interesa disimular el carácter de mi desprecio circunstante, y mientras contemplo mi tez en el espejo reclinado sobre la pared pienso si quizás no aborrezco no los conceptos sino quien está tras ellos, y entre tanto medito en ello paso una mano por mi cabeza y compruebo, feliz, que está repleta de grasa.