jueves, julio 20, 2006

Quiso la mujer tender sus purpúreas manos cubriendo con solemnidad el trazo de los pétalos de sus flores ya marchitas. Con toda la gravedad que perseguía revestir a sus actos no acertaban sus coreografías a diluir la poderosa estampa moridera a los ojos circunstantes. He recibido la pedida de la Muerte- se le escuchó confesar no hace mucho. Sus ojos parecían querer transparentar solemnidad a aquella ceremonia, como si la homologara al sacramento matrimonial sin embargo el diferente matiz que sabía adquiría aquella irónica vocación. En la víspera del evento se sintió dichosa, exultante pero no pensó ni siquiera en sonreír, algo que incluso para una cínica como ella resultaba incomprensible. Contemplándose demacrado su propio rostro reflejado ante el espejo en aquella ocasión no fue capaz de apiadarse de sí misma y su resignación no alcanzó ni a la conmiseración ni a la repugnancia, ni siquiera al bufido acostumbrado. Nadie ignoraba que toda aquella farsa pretendía únicamente endulzar grotescamente con envoltorio litúrgico lo que no era más que una muerte consumada hacía tiempo, por parte de aquel cadáver deambulante que se esforzaba en exhibir su autocompasión bañada en tintes trágicos a un público que sólo sentía bochorno, pero solo su caridad o su hipocresía les impedía advertirlo. Daba igual. Aquel espectáculo vodevilesco y degradante de un ser que forcejaba por fingir su propia dignidad ante la hediondez de su propia carne era lo más ruin y sabroso que se había vivido en mucho tiempo. Había que alimentar la carnaza.
Tiempo más tarde un héroe, un mártir, acabó por incinerar aquel objeto sobado por el consumismo al cabo, pero su bondad no notó que en realidad lo que acababa de protagonizar era último capítulo de la serie de una comedia que acababa de echar su postrer carcajada sobre él.