sábado, septiembre 23, 2006

Todos llevamos un Lord Henry en nuestro natural. La vida es demasiado tediosa como para negarlo. Tediosa y brutal. Palmoteamos como moscas el dolor cuando se vuelve horriblemente insoportable, le decimos: “No sé, no me consta, ya veremos” y nos replegamos en nuestras banalidades cotidianas, porque ¿cómo se atreve a mermar esta cápsula de beatitud falsaria e indolente? ¡Dios, que atrocidades pueden sobrevenirnos! Pero si hay algo que exacerbe esta realidad es el dolor ajeno. -Perdone, soy un infeliz desdichado, solidarícese un tantico ande-. Todos esos dramas ordinarios y anónimos, cargantes y aburridos, como si de una costumbre doméstica se tratara, pasan a ser sacudidos de la memoria, testigo capcioso, una simple lavativa moral, soltar lastre como dice eufemísticamente el vulgo. Ya lo entiendo, un mecanismo de inmunización social, rearguye ahora el sociólogo con la subvención colgada de la solapa. Jajaja –lanza como argumento decisivo- matemática pura, chico. A veces me pregunto en pleno trance que se esconde tras esa rocambolesca idea de función social. ¿No tendrá algo que ver con aquello del mismo perro con distinto collar? Parece que al fin y al cabo desde los tiempos de Lord Henry las cosas no han cambiado demasiado, más bien se han recrudecido. Pero es inútil pretender una reprobación moral, hoy en día la moral se reduce a una casilla en la declaración de la renta, pero sí en cambio es lícito desear con todas las fuerzas que el día que contemplen su propio retrato de Dorian Gray un estremecimiento kafkiano les recorra todo el cuerpo, hasta la médula.