martes, septiembre 19, 2006

Un runrun se hacía notar en aquella mañana fría y opresora, un frío moral despuntaba descuajeringando mis miembros y mi pensamiento. Veinte años, como quien dice, veinte años aterido, hiel y cenizas, y en esa alborada creía sufrir un estremecimiento inopinado no siniestro, ni desgarrado, ni ensañado; tautológico. Era un estribillo latente, costras incrustadas en el tiempo en adherencias superpuestas, asimiladas a su objeto. No era pues una erupción accidental, una coyuntura o eventualidad era, ya digo, el sonsonete que se hacía notar en su contundente despliegue sensorial desde la noche de los tiempos, sobre mi espalda, mi negra espalda del tiempo que acarrea mi dolor y tu dolor, un dolor plural y mancomunado.
Contravenenos, sedantes, vacunas… palabras contraseña, ideario en este valle de lágrimas para vadearnos, minúscula lumbre en un océano de sombras, una postulación abiótica para ir tirando, como se dice vulgarmente pero con un significación siempre muy gráfica, ir tirando, arrastrando, acarreando…
Un runrún, un rumor, un soplo en el alma. En nuestra lengua se dice que levanta el vuelo aquel que emana fantasía o sueños, quien concibe lo irreal como quien lleva los pulmones llenos y precisa expulsar el aire contenido a despecho del circuito respiratorio.
Aquella mañana, ya digo, en que sufrí el azote frígido que creía inopinado pero que no era sino tautológico, que creía superficial pero que era en realidad un grumo coagulado, sabía que el leit motiv metereológico volvería a azotarme, aquella mañana veinteañera y todas hasta el último de los días, pero aún así respiré, respiré y di a aquella existencia precaria su última conquista metafórica; levanté el vuelo…tirando.