Volviendo grupas de la vida, así te deslizaste por estos senderos, turbiamente dulce, con un pie subido a otro, y dijiste que no te importaban los pechos descarnados ni las frentes marchitas, como los que asoman en la decrepitud de las edades atormentadas. Cogida a mi mano eres un astro en el archipiélago del océano, el céfiro acaricia tus crines, aquilatada y tersa, encrespada por el murmullo de tus latidos dorados, y yo te exhibo como un paño tremolado al horizonte, quién recoge ese aparato de ambrosía, quién advierte los contraste entre nuestros torsos, nada más que en este instante de concordia en el que podría caramelizar la podredumbre sólo por ti, tocado por tu llama vivificante, porque yo también me precipité desde aquel acantilado dónde nuestras miradas se cruzaron, cuando un destello segregado se posó en este albañal encallecido, y cómo prever que con tu piafar ibas a abrir brecha en el corazón de la laguna, que escabroseado ibas a darme pasto de esperanza y levantar esta columna que me soporta, que nos soporta.
Y bien, te he estado escuchando todo este tiempo, sin desprenderme de la vitola luctuosa, imperecedero estigma por antonomasia, enredándote en este dédalo psicológico, en el que tu interpretabas el papel de madre y yo el de tu hijo descastado, diputándote mi amor hurtado, amor filial secuestrado a un niño en el parque junto a sus juguetes, complicándote en esta trama sentimentaloide, redimiendo este infanticidio temprano.
Y si no fuera porque ya he apurado este ajenjo aún continuaría esta ficción, sin embargo las esfinges se desvelan y este manto lenificado se ha descubierto, tu melodía deja de sonar y los oídos me pitan; coloreando la realidad me he convertido en un autista entre soufflés.
No somos responsables de la vileza de las cosas, ni siquiera de la nuestra, y la poesía siempre ha sido una aliada de los dioses, no quiero más simbolismo edulcorante de nuestros días, me basta saber que la ciencia aja paulatinamente este cuerpo empecatado y que un día será pura ceniza, y a la postre, sí, mis lágrimas cobrarán al fin su verdadero matiz.
Y bien, te he estado escuchando todo este tiempo, sin desprenderme de la vitola luctuosa, imperecedero estigma por antonomasia, enredándote en este dédalo psicológico, en el que tu interpretabas el papel de madre y yo el de tu hijo descastado, diputándote mi amor hurtado, amor filial secuestrado a un niño en el parque junto a sus juguetes, complicándote en esta trama sentimentaloide, redimiendo este infanticidio temprano.
Y si no fuera porque ya he apurado este ajenjo aún continuaría esta ficción, sin embargo las esfinges se desvelan y este manto lenificado se ha descubierto, tu melodía deja de sonar y los oídos me pitan; coloreando la realidad me he convertido en un autista entre soufflés.
No somos responsables de la vileza de las cosas, ni siquiera de la nuestra, y la poesía siempre ha sido una aliada de los dioses, no quiero más simbolismo edulcorante de nuestros días, me basta saber que la ciencia aja paulatinamente este cuerpo empecatado y que un día será pura ceniza, y a la postre, sí, mis lágrimas cobrarán al fin su verdadero matiz.

