lunes, julio 23, 2007

La sucesión de los días ha dejado de ser simplemente un calvario cada vez más insoportable. Sumidos en las tenebrosas concavidades de una vida áspera y preñada de banalidad, algunos héroes resisten el tedio arrancándose la piel a tiras. La vida es un martillo pilón que avanza implacable hasta aplastar toda sombra de esperanza, y una vez hecha con su presa, la remata infinitamente por los días que tiene la vida, en un escarmiento indefinido e irrevocable. Los hay descreídos que desafían a su propia existencia asumiendo un sentimiento de muerte precoz y preventiva, no viviendo, no existiendo; dejándose caer diligentemente por cuantos precipicios nos acondiciona la vida. Sufren desesperados la expectativa del respirar, el estar despiertos y conscientes de su propia carnalidad, todo efecto inmunológico que aplace su agonía y todo cuanto suponga actividad o acción o estímulos al movimiento. Su sentimiento respecto al estar en la tierra no es el de morir ni vivir, sino más bien una pereza y fastidio infinito cada vez que asoma el sol en el horizonte o el reloj marca un minuto, un segundo más en sus angustiosas biografías. No necesitan mirar al cielo ni al infierno, les basta la evidencia científica de la putrefacción progresiva de sus cuerpos para conformarse con el presente y así poder arrastrar sus pies un día más por entre las espinas de su alma clínicamente muerta. El mejor homenaje que se les puede hacer es un duelo anticipado y morboso, una escenificación grotesca del sepelio de unos cuerpos vaciados de sensibilidad y alentados por la sola inercia de sus atrofias y descomposiciones. Son los héroes del siglo XXI, son los profetas de un paraíso cercano y terrenal. Honrémosles con nuestro espanto.