viernes, agosto 17, 2007

Cuando la mar alcanza su cenit capilar y la pleamar desborda las esperanzas de los amantes sujetos a sus erotismos iniciáticos y mientras los pies hollan desnudos la arena húmeda con sus pisadas en inútiles sueños de eternidad y el triste gorgoteo de la taxonomía acuática incita a un ensimismamiento abisal, si la melancolía soñadora no nos ha sumergido aun en el sopor encantador en el cruce sensorial de la naturaleza emergente, podemos comprender, ahora en verano, el valor despreciable de la acción en la misma medida que la fuerza vital de la pasividad humana.