El esplendor marchitado allí donde antaño florecía la risa sardónica y automática del que se creía invulnerable en su fatuidad. El rostro tuberculoso y gusanos serpentean un surco de vaciedad que anuncia una pobre capacidad intelectiva. Nuestro hombre ambicionó un día no muy lejano ser el nuncio de la paz. Quiso reflejar su narcisismo en el embelesamiento de las masas postradas ante su audacia rufianesca. Bañado en los jacuzzis de las babas de sus aduladores, soñaba transformar el mundo a la medida de su mediocridad. Aprovechando astutamente el poder que otorga la mentecatez, buscó con éste cohonestar su ramplonería transmitiendo a la humanidad con aire de magisterio que, a pesar de las apariencias, el tonto no era él, sino los demás. Progresando al amparo de multitudinarias ceremonias de lobotomía de gente entregada con fervor, nuestro hombre nos fue convenciendo de que las mentiras respondían a una misma semántica que las verdades, de que las pestilencias constituían fragantes perfumes aromáticos, y todo ello mientras animaba a la plebe a revolcarse en diversas pocilgas como primer contacto con su colección de metáforas de bolsillo. Y así, un día tras otro, el hombre, nuestro hombre, entre guturales piezas de oratoria, atravesaba, o vadeaba, el camino que conduce de la truculencia a la infamia, de la obscenidad a la depravación, y sin un ápice de pudor entonaba solemnes himnos de borrachera que eran tomados por sus admiradores y el panfilismo en general como sublimes interpretaciones líricas. A su paso los hombres no podían contener una violenta erección mal disimulada, y las mujeres sentían al momento como sus pezones se endurecían tanto que parecían atravesar el tejido de sus camisas escotadas. Se transformó en cabeza visible de una nueva religión laica, en la que los genitales, considerados como molesto obstáculo a un mundo asexuado, recibían el oprobio general, y como no podía ser de otro manera, el pensamiento se convirtió en un odioso elemento a batir. Pero un día, sí un día, mientras los vertederos eructaban satisfechos por su momento de gloria infinita, mientras los estómagos agradecidos de acólitos y demás ralea humeaban rebosantes por sus últimas comilonas y también mientras el aire verde desfilaba campechano por los confines del mundo como fluido intelectual del universo, el hombre de marras, contemplando su majestuosa obra, feliz como estaba, reunió a su familia al completo su mujer incluida. A los postres, obesos todos, piojosos, patéticos y cochambrosos, los dejo solos, salió un momento de la sala, y cuando volvió, exhibiendo morbosamente un pistola de fogueo y señalando con ella sus frentes quiso dar buena cuenta de su postrera y brillante metáfora pero, antes de que pudiera accionar el gatillo, brusca y repentinamente dio por acabada velada y los obesos, piojosos y patéticos comensales sin inmutarse, se levantaron de la mesa al momento y tras despedirse calurosamente entre ellos regresaron a sus casas tan panchos como habían salido.
domingo, junio 10, 2007
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